Estamos frente a una de las grandes revoluciones de la educación, no por la novedad, sino por la masividad. La actual pandemia ha obligado al sistema educativo a cambiar en absoluto y resguardarse en la virtualidad. Esa que se venía abriendo paso a un ritmo rápido, pero que aún tenía adeptos y desertores, ahora se transformó en el Arca de Noé y se desbordó de un día para el otro.

En muchas instituciones, y sistemas nacionales y provinciales, no se encontraban preparados para esto, pero a raíz de un esfuerzo descomunal por parte de los actores principales de la educación, todo ha sido posible. Hoy la educación no se frenó, sino que tomó fuerzas y envión. Así como un velero, supo aprovechar la fuerza del viento a su favor, simplemente girando la vela.

Pero no todo lo que brilla es oro, y bajo el manto de conectividad se vive una penumbra poco conocida.

Hay materias, profesiones, que les está costando mucho este traspaso al mundo digital. La educación física, al igual que otras materias que necesitan de la expresión, no pueden hacerse de manera online. Pero aun así los docentes dan lo mejor de sí por lograrlo. En particular, hablando de mi experiencia como profesor de educación física, me gustaría poder abrirme y mostrarles a que me estoy refiriendo.

Los profes nos sentimos perplejos (confundidos sin saber qué hacer, como hacerlo, reaprendiendo en semanas lo que nos llevó años de carrera y experiencia saber), devastados (arrasados, sin campo fértil donde trabajar, mirando el marco de la pantalla cuando antes veíamos el cielo), y despersonalizados (nos han arrebatado nuestro carácter distintivo). Nuestra materia se transmite a través del movimiento. Es sumamente cuestionable la virtualidad, a pesar que muchos directivos nos aconsejan tal o cual aplicación, video juegos o estrategias, no sustituyen a ese movimiento al cual hacemos referencia.

Muchos te aconsejan que les des algo “práctico”, que si el problema es el movimiento, que les des rutinas de ejercicios o “algo parecido”. Me desborda la bronca tan solo oírlo, ¿algo parecido? Me explico, no hay “algo parecido”, porque nuestro movimiento no es sólo eso, nosotros trabajamos con “movimientos con sentido”, con significación a un contexto. Contexto que nos lo da el poder hacerlo en una clase social, porque sin esa relación personal no podemos ejercer nuestra profesión y educar en, por y a través del movimiento.

  • Porque el estudiante puede moverse, pero nunca recibirá la gratificación del aplauso, palmada o grito eufórico de sus compañeros al convertir un gol.
  • Porque el estudiante puede transpirar en su casa solo, pero nunca recibirá esa mirada de aprobación por parte de sus compañeros.
  • Porque el estudiante puede agitarse e hiperventilar en su casa, pero nunca se exigirá un poco más porque un compañero lo alienta, o competirá por ser mejor que el amigo.
  • Porque el estudiante podrá escuchar el sonido de la alarma de la aplicación al terminar un ejercicio, pero nunca recibirá un feedback personal, sentido y sincero de su docente.

Puede correr de una pared a la otra, pero nunca jugará una carrera, y gane o pierda, se reirá al terminarla.

Podemos hacer muchas cosas en casa, muchos ejercicios físicos, pero nunca comprenderá lo que es jugar en equipo, el sentido de pertenencia, el asumir roles y responsabilidades, el aprender a ganar, perder y saber que siempre hay revancha.

  • El estudiante podrá alegrarse por mejorar su fuerza o flexibilidad, pero nunca será desafiado intelectualmente por superar al oponente, ni aprenderá a controlar sus emociones cuando un fallo arbitral lo perjudica o su equipo sea vencido, no aprenderá a ser humilde en la victoria y respetuoso en la derrota.
  • El estudiante podrá hacer todo lo que se les pida, antes o después de la fecha de entrega, pero nunca aprenderá a esperar su turno en la fila, a ceder su turno a un compañero, a esperar una indicación o internalizar las normas de convivencias sociales.
  • El estudiante estará solo, en su colchoneta o patio, pero nunca gritara de alegría ni insultara de frustración a los cuatro vientos, nunca entenderá la vergüenza de que lo vean mientras una lágrima le cae por la mejilla por sentirse frustrado o inflará su pecho de autoestima cuando sea el único en la clase que logró el objetivo de la actividad.

Tampoco podrá mirar ni ser mirado a la cara, y entender toda la jugada con tan solo una mirada cómplice con el compañero. No podrá comunicarse, expresarse, ni sentir lo mismo que se siente en el patio.

Una y mil veces me he quejado por ese “bendito” patio. Por el calor “agobiante” del verano, el frío “penetrante” del invierno, por las “malas condiciones” edilicias, por su “inseguridad”. Pero hoy extraño eso, porque el patio es donde recibí el más “agobiante” abrazo de mis estudiantes, o donde me dieron las más “penetrantes” lecciones de vida. Porque en el patio es donde me siento “seguro” de quien soy y en dónde deposito mi vocación para responder a la pregunta: ¿A que he venido a este mundo? Porque en el patio, ese con baldosas rotas, paredes descascarada, es donde “construyo” mi persona, y acompaño la construcción de mis estudiantes. Hoy más que nunca quiero volver a ese “bendito” patio, y juro que el primer día que vuelva, saltaré las líneas de la cancha, miraré al cielo y daré las gracias a Dios por esa bendición.

Saludos y muchas fuerzas profes colegas, AFERyS los acompaña.

Mgter.  Juan Manuel Ruiz