Los clubes barriales tuvieron su auge entre los años 1900 y 1930, entre los cuales, se fundaron la mayoría. En aquellos años, grupos de vecinos apasionados y con una mentalidad de generar hábitos saludables para sus hijos, aunaban esfuerzos para construir desde las bases, con sudor y lágrimas, las instituciones que se erigen aún hoy en día. Por aquellos momentos eran simples playones deportivos de reencuentro. Fueron mutando, junto a la sociedad, y hoy cumplen un rol social de contención inigualable.  Tras los avatares económicos de las ultimas crisis que ha vivido la argentina, muchos clubes tuvieron que cerrar sus puertas, y los municipios coparon en gran medida esos espacios.

Pero hay muchos otros clubes, claros ejemplos de supervivencia, manteniendo sus puertas abiertas, que han luchado y crecido, con la incorporación de diferentes disciplinas deportivas y desarrollando sus instalaciones, pero siempre manteniendo su identidad de club barrial. Porque contrario a lo que todos los que aspiramos alguna vez de concurrir a un club miran, los clubes no se componen por infraestructura o por las disciplinas que ofrecen, los clubes están formados por personas. El club que está formado por vecinos, amigos y familiares, en el que podemos encontrar no solo espacios de desarrollo deportivo sino también de desarrollo personal y social.

Desde su ingreso se respira en la atmósfera ese clima cálido, humilde, sencillo, que te hace sentir como de visitas en la casa de tu abuela. El murmullo de las familias enteras formando un circulo y conversando, los gritos de niños jugando, las pelotas picando. Una atmósfera en la que puedes disfrutar y divertirte siempre bajo un manto de cuidado, donde las travesuras son compartidas, donde se hace sencillo abrirse al dialogo de intimidades con personas que pondrán su oído, donde encontrar risas y poder descargar el estrés y enfado, donde encontrar a alguien que nos ayude a sopesar nuestras dolencias poniendo el hombro, en donde depositar la confianza para ser parte de la educación en valores de nuestros hijos.

Pero hoy los clubes barriales están agonizando, están en terapia intensiva, están ahí, esperando, jugándose la vida o la muerte, y como en cualquier muerte, eso no depende de ellos, escapa a su control.

Los clubes barriales están muriendo. Sus puertas están cerradas, sus luces apagadas, de sus cantinas no sale ese olor a empanadas o pizzas, y no se escuchan las risas de niños en sus jardines, tampoco el retumbar de una pelota en sus canchas.

Hoy los clubes están sin su corazón (las familias socias), el cual ha tenido que ser quirúrgicamente intervenido, y se han tomado medidas extraordinarias para intentar mantenerlo. Hoy los profes le hicieron un baypass y los entrenamientos se dan por internet. Hoy los directivos le realizaron una traqueotomía a su economía, permitiéndoles respirar y que los socios paguen solidariamente cuotas por diversos medios como débito y transferencias. Se buscan algunas medidas gubernamentales a modo de respirador automático.

Pero la verdad es que esos clubes barriales están muriendo. Cada día que pasa sin entrenamientos, cada noche donde no se juega un partido, cada vez que no suena la chicharra de la mesa de control o el silbato de un árbitro, es un infarto que sufre.

Y mucho de esa vida que tenían clubes se debe a personas que anteponen su interés personal por el bien común, Inversamente a lo que pueden suponer algunos, el abocarse a ser parte de la comisión de un club no llena los bolsillos de nadie, por el contrario, es más el dinero que invierten en la institución que aman en pos de verla crecer. Son muchos los esfuerzos que se deben llevar a cabo, son muchas las horas dedicadas, que bien podrían ser dedicadas a otro ámbito de desarrollo personal. Pero ellos se mantienen en ese lugar, sabiendo que su función los excede. Ellos toman las decisiones finales, algunas bien vistas, otras no tanto, algunas suman adeptos y otras rechazos, pero si hay algo que no podemos debatir es su buena voluntad. Todas las decisiones tomadas, nos gusten o no, son las que se consideran mejor para el crecimiento del club.  Es totalmente incuestionable su amor al club. Tal fue el caso de testimonios que hemos recogido, que hombres y mujeres, que continúan el legado de los fundadores, buscando tocar el corazón de los niños que pasan por sus canchas, y con el objetivo de poder contribuir su granito de arena para cambiar sus vidas, dotándolos de hábitos saludables y valores sociales que tanto se necesitan hoy en día.

“La luna se escapó de Avellaneda, y nos vino a visitar”, me comento un dirigente, haciendo alusión a la encantadora película “Luna de Avellaneda”, que habla de un club que se debate entre vender o continuar, frente a una crisis económica. Hoy, todos se están debatiendo si después de la cuarentena obligatoria por el COVID-19 podrán abrir sus puertas o deberán sepultar las líneas del capo de juego.

Otro dirigente con el que pudimos dialogar, nos dejó su punto de vista. De larga trayectoria en el club, había visto cómo sus tres hijos crecieron en él, y como padre comprometido se fue involucrando cada vez más, al punto de hoy manejar las decisiones del club. Me explicaba que lo hace porque aún está su hija menor de diez años, la cual nunca le gustó hacer nada, ni de deporte, ni de arte, ni de música. Básicamente la nena le gustaba estar en casa, leyendo, viendo televisión o jugando videos. Pero en el club encontró eso que le gustaba, encontró “su lugar”, algo que para muchos es insignificante, y me cuenta que desde el primer día que su hija fue al club, volvió bailando creyendo que era una estrella de las que veía por televisión. Me cuenta, que él sabe que no es una estrella, pero dentro del club, ella es más grande que una estrella, ella es “Laurita”, la que todos conocen, a la que todos saludan, la que todos aplauden cuando baila, y eso no es insignificante para nada. No puede renunciar a levantar al club, porque hacerlo significaría quitarle todo eso a su hija.

Testimonios lo hay y muchos. Como aquel tesorero que me dice, que durante la cuarentena aprendió que podía vivir sin ir al shopping o ir de compras, sin usar el auto, y sin muchos de esos privilegios materiales que uno cree tener y que le hacen felices. Pero si hay algo con lo que no podría vivir, es sin la admiración de sus hijos y su esposa, admiración que perdería si él se diera por vencido en esta lucha por mantener el club que aman. “Con qué cara los podría mirar y decirles que no estarán más con sus amigos porque no hice un esfuerzo más”.

Los clubes no pueden ser online, porque en los clubes es donde las personas conviven, o sea, donde “viven con” otros, donde pueden “vivir” con todas sus letras, donde pueden ser felices. Personas que se vuelven vecinos, vecinos que construyen amistades, amigos que levantan familias, y familias que hace que los clubes estén vivos; vida que seguirá manifestándose siempre que se escuche la risa de algún niño.

Si el deporte transmite un valor, es de la persistencia a circunstancias adversas. No importa cuánto tiempo quede en el marcador, ni cuán amplia es la diferencia en el tanteador, un jugador sabe que no hay mayor honor que el dejar todo por su equipo hasta que suene el silbato final.

Hoy los clubes, dirigentes y socios en conjunto, planifican y organizan su regreso, quizás porque les quedó gusto a poco y quieren entrenar un día más, jugar un partido más, o comer un asado entre amigos. Quizás porque les dolió demasiado que se los arrebataran así de rápido sin poder despedirse en el círculo central del campo de juego o alentando una vez más desde las gradas. Es un gusto raro a venganza, un dolor que resuena en cada buena anécdota que podemos recordar en nuestro hermoso club.

Los clubes están de rodillas en el cuadrilátero, la cuenta del referí lo hace tomar las cuerdas del ring y, aún mareado y algo aturdido, busca levantarse. Los clubes arriales no saben de derrotas, solo saben de peleas, de lucha, de sobreponerse a situaciones adversas, y seguirá dando pelea este 2020, no será fácil, pero esperamos que con el aliento de todos los socios lo ayuden a recuperar las fuerzas que algún día supo tener.

“EL CLUB TE NECESITA”

 

Saludos

Juan Manuel Ruiz

Estamos frente a una de las grandes revoluciones de la educación, no por la novedad, sino por la masividad. La actual pandemia ha obligado al sistema educativo a cambiar en absoluto y resguardarse en la virtualidad. Esa que se venía abriendo paso a un ritmo rápido, pero que aún tenía adeptos y desertores, ahora se transformó en el Arca de Noé y se desbordó de un día para el otro.

En muchas instituciones, y sistemas nacionales y provinciales, no se encontraban preparados para esto, pero a raíz de un esfuerzo descomunal por parte de los actores principales de la educación, todo ha sido posible. Hoy la educación no se frenó, sino que tomó fuerzas y envión. Así como un velero, supo aprovechar la fuerza del viento a su favor, simplemente girando la vela.

Pero no todo lo que brilla es oro, y bajo el manto de conectividad se vive una penumbra poco conocida.

Hay materias, profesiones, que les está costando mucho este traspaso al mundo digital. La educación física, al igual que otras materias que necesitan de la expresión, no pueden hacerse de manera online. Pero aun así los docentes dan lo mejor de sí por lograrlo. En particular, hablando de mi experiencia como profesor de educación física, me gustaría poder abrirme y mostrarles a que me estoy refiriendo.

Los profes nos sentimos perplejos (confundidos sin saber qué hacer, como hacerlo, reaprendiendo en semanas lo que nos llevó años de carrera y experiencia saber), devastados (arrasados, sin campo fértil donde trabajar, mirando el marco de la pantalla cuando antes veíamos el cielo), y despersonalizados (nos han arrebatado nuestro carácter distintivo). Nuestra materia se transmite a través del movimiento. Es sumamente cuestionable la virtualidad, a pesar que muchos directivos nos aconsejan tal o cual aplicación, video juegos o estrategias, no sustituyen a ese movimiento al cual hacemos referencia.

Muchos te aconsejan que les des algo “práctico”, que si el problema es el movimiento, que les des rutinas de ejercicios o “algo parecido”. Me desborda la bronca tan solo oírlo, ¿algo parecido? Me explico, no hay “algo parecido”, porque nuestro movimiento no es sólo eso, nosotros trabajamos con “movimientos con sentido”, con significación a un contexto. Contexto que nos lo da el poder hacerlo en una clase social, porque sin esa relación personal no podemos ejercer nuestra profesión y educar en, por y a través del movimiento.

  • Porque el estudiante puede moverse, pero nunca recibirá la gratificación del aplauso, palmada o grito eufórico de sus compañeros al convertir un gol.
  • Porque el estudiante puede transpirar en su casa solo, pero nunca recibirá esa mirada de aprobación por parte de sus compañeros.
  • Porque el estudiante puede agitarse e hiperventilar en su casa, pero nunca se exigirá un poco más porque un compañero lo alienta, o competirá por ser mejor que el amigo.
  • Porque el estudiante podrá escuchar el sonido de la alarma de la aplicación al terminar un ejercicio, pero nunca recibirá un feedback personal, sentido y sincero de su docente.

Puede correr de una pared a la otra, pero nunca jugará una carrera, y gane o pierda, se reirá al terminarla.

Podemos hacer muchas cosas en casa, muchos ejercicios físicos, pero nunca comprenderá lo que es jugar en equipo, el sentido de pertenencia, el asumir roles y responsabilidades, el aprender a ganar, perder y saber que siempre hay revancha.

  • El estudiante podrá alegrarse por mejorar su fuerza o flexibilidad, pero nunca será desafiado intelectualmente por superar al oponente, ni aprenderá a controlar sus emociones cuando un fallo arbitral lo perjudica o su equipo sea vencido, no aprenderá a ser humilde en la victoria y respetuoso en la derrota.
  • El estudiante podrá hacer todo lo que se les pida, antes o después de la fecha de entrega, pero nunca aprenderá a esperar su turno en la fila, a ceder su turno a un compañero, a esperar una indicación o internalizar las normas de convivencias sociales.
  • El estudiante estará solo, en su colchoneta o patio, pero nunca gritara de alegría ni insultara de frustración a los cuatro vientos, nunca entenderá la vergüenza de que lo vean mientras una lágrima le cae por la mejilla por sentirse frustrado o inflará su pecho de autoestima cuando sea el único en la clase que logró el objetivo de la actividad.

Tampoco podrá mirar ni ser mirado a la cara, y entender toda la jugada con tan solo una mirada cómplice con el compañero. No podrá comunicarse, expresarse, ni sentir lo mismo que se siente en el patio.

Una y mil veces me he quejado por ese “bendito” patio. Por el calor “agobiante” del verano, el frío “penetrante” del invierno, por las “malas condiciones” edilicias, por su “inseguridad”. Pero hoy extraño eso, porque el patio es donde recibí el más “agobiante” abrazo de mis estudiantes, o donde me dieron las más “penetrantes” lecciones de vida. Porque en el patio es donde me siento “seguro” de quien soy y en dónde deposito mi vocación para responder a la pregunta: ¿A que he venido a este mundo? Porque en el patio, ese con baldosas rotas, paredes descascarada, es donde “construyo” mi persona, y acompaño la construcción de mis estudiantes. Hoy más que nunca quiero volver a ese “bendito” patio, y juro que el primer día que vuelva, saltaré las líneas de la cancha, miraré al cielo y daré las gracias a Dios por esa bendición.

Saludos y muchas fuerzas profes colegas, AFERyS los acompaña.

Mgter.  Juan Manuel Ruiz